Elisabeth María reacciona cuando escucha acercarse unos pasos apresurados por el pasillo. Se dirige a la cama, toma la sábana y se envuelve en ella. Luego guarda de mala manera sus prendas de lujo en una bolsa. La puerta se abre y una pareja de funcionarios entra con expresión dubitativa.
-¿Pero qué coño pasa aquí?, ¿quién ha gritado?
-Yo, funcionarios –responde la suramericana, envuelta en la sábana y terminando de introducir sus enseres en la bolsa.
Los de azul intercambian una mirada preocupada. Es la funcionaria, ahora, la que interroga:
-¿Pero, te ha hecho algo este cabrón?, ¿te ha pegado?
Elisabeth María mira de soslayo al Filetes. Entonces recuerda la marca que le ha debido dejar la bofetada que éste le propinó, además de los labios sangrantes y la espalda rasguñada. Instintivamente mira hacia el lado opuesto de los funcionarios y estira la sábana hasta cubrir inclusive su cuello.
-No…, no…, no me ha hecho nada. Es que estoy embarazada y me siento de repente maluca. Tengo ganas de…, bueno, que quiero ir a enfermería –responde balbuceante y mirando al otro extremo de la habitación.
Los jinchos se miran. Después miran al Filetes con severidad.
-Bueno, venga, acompáñanos. Y tú, como la interna tenga trazas de maltrato, se te ha caído el pelo. ¿Te enteras?
El Filetes desvía la mirada. Ella sale de la celda envuelta en la tela y aferrando con fuerza la bolsa de su ropa. La hoja metálica se cierra. El silencio embarga de nuevo el recinto, y con él, al Filetes. Éste comienza a vestirse, perdido en el laberinto de los acontecimientos.