Los tres bajan y son conducidos a unos calabozos. Les retiran las esposas. Ambos mendas entran en uno, y a la niña, al otro. Antes de traspasar la puerta de la celda, el ladeado echa una última mirada con tintes desviados a la entrepierna de la hembra. A ella esa mirada le penetra, desenmascara su intimidad, le incomoda.
Allí permanece casi una hora. Se sienta en el banco de hormigón, se vuelve a levantar, pasea como tigrilla enjaulada por el perímetro del habitáculo. Se arregla la blusa, se ajusta la falda, se tantea el pelo.
Repentinamente abren la puerta. Dos policías nacionales, hombre y mujer, la esperan. Sale para ser engrilletada y escoltada hasta la sala. Cuando entra, paraliza un tanto su caminar. Frente a ella, y al final del recinto, dos hombres y una mujer presiden un estrado de madera reluciente. Por lo que le comentó Fernando en su día, deduce que uno es el presidente de la sala y los otros dos los ponentes. Sentados con tono solemne y entogados, la pobre colombiana percibe enfrentarse a un tribunal divino, tribunal que juzgara sus pecados y aplicará la posterior penitencia.
Pasa por un pasillo delimitado a izquierda y derecha por filas de sillas, hasta alcanzar el frente, donde los policías la desengrilletan y la hacen sentar en una silla huérfana, sola frente al tribunal sentenciador, de espaldas a los pocos curiosos que ocupan algunos asientos. Dirige la mirada a su derecha y se topa con unos ojos que lo dicen todo: es Fernando, su abogado. Vuelve la vista sin expresión al presidente de la sala, el Dios todopoderoso que en el centro preside todo este circo; los ponentes, uno a cada lado cuál Jesús y el Espíritu Santo, se desvanecen ante la omnipotencia del Grande.
En el otro extermo, en el lateral izquierdo y frente a Fernando, se encuentra el fiscal del Estado, él que le va hacer la puñeta, él que desea enterrala en vida, sacarle todos los años de condena posible a fin de colgarse el medallero olímpico en su inmenso pecho.