-Qué no me llames Raimundooooo, capullo -arrastra las palabras la July sin levantar la voz, que rabiando, contiene.
-Gracias por todo, July. Ya informaré a la persona adecuada –responde la colombiana, mirando a los ojos a su opuesta y esbozando una sonrisilla sarcástica.
La July responde esa sonrisa con otra amplía, abriendo los labios y emitiendo una suave carcajada. Ella entra, mientras la otra abandona el módulo.
Esa misma tarde a la hora de la siesta, Elisabeth María rumia la información recibida por el travestido. Sí es verdad que esa Lola va a informar a cambio de beneficios, ha de actuar de inmediato, ya que la tal Lola tiene un conocimiento ligero de todo el percal, lígero pero lo suficientemente comprometedor para involucrarla a ella y a su compañera de lo prohibido en toda la trama del vicio. Por otro lado, sabe que Lola es una yonkie y que carece de peculio, por lo que consigue sus papelas, los trujas y los cafeses haciendo de machaca, entre otros, comiéndole el almejón a un par de internas que van de kie. No desea aplicar los castigos corporales tan habituales de este submundo y que de manera aniquiladora le aplicaron a ella. Por ello urde una estrategia sibilina y de sencilla aplicación para una elementa de esas características.
A la mañana siguiente conversa con su socia bucanera. De la biblioteca se llega hasta su antiguo destino para hablar con ella. La pone en antecedentes de lo narrado por la travesti y preparan un plan y una puesta en escena que deslumbrará a la perra chivata de la Lola.
Al cabo del rato asoma su jeta por la ventanuca del economato para pedir:
-Psss, economatera, tírame un cafés pá la menda y un paquete de trujas Masboro pá la Chati, y se lo pones tó a su cuenta –pide que con voz gangosa la Lola.