Me abren el chabolo a las 8. Me he puesto mi mejor ropa, la de los vis a vis, a ver si impresiono al juez. Bajo zampándome una manzana que tenía en la celda de camino a ingresos. Voy solo. Tan solo me han abierto la cancela indicándome que me esperan en ingresos.
Firmo, huelleo y me meten en una celda a la espera de los pìcoletos. A los diez minutos llegan, me esposan por delante y me introducen junto a otros dos mendas de módulos diferentes en el canguro, bueno, cangurito. Durante el trayecto, uno de ellos nos hace una demostración de destreza y en un par de segundos se ha desesposado de los grilletes; solo ha necesitado una tapa de un Bic.
Llegamos al juzgado, nos bajan, nos retiran las esposas y nos meten en una celda amplia. Por lo menos somos una docena.
Pasan dos horas hasta que abren y suena mi nombre y apellido. Me esposan por delante y me ensandwichan entre dos maderos que me suben a la tercera planta. En el ascensor y para que la peña no se acojone, me colocan de espaldas al respetable. Mientras avanzamos por el corredor, los ciudadanos de bien se apartan como si de un apestado se tratara; los chavales me miran con ojos desorbitados mientras sus mamás los cubren, no vayan a pillar el virus.
Una vez me encuentro en la sala junto a… no, mi abogado no está, a la pringada de siempre, me hacen sentar, me quitan los grilletes a petición de su señoría, y comienza la función.
-Sí, sí, sí, su señoría, fui yo el que… -y bla, bla, bla, me inculpo de todo y también de lo que no es mío, no vaya a cabrearse el cabrón de mi abogado por no declarar lo suficiente, ya que según su teoría, a mayor declaración, menor sentencia; veremos.
A la hora me bajan de nuevo con el subsiguiente paseo a la fama. Al rato nos traen unos bocatas de salchichón, bastante malos por cierto, una naranja y una botella de agua. Así hasta las ocho, donde nos cargan y de vuelta a casa. Joder, cómo echo de menos mi cárcel, mi módulo, mi patio, mi chabolo y a mis compis: hogar dulce hogar.