Me niego a escribir los fines de semana; así descanso. Además, los sábados y los domingos son días aciagos para la peña, al igual que el mes de agosto y las navidades dichosas, me comentan aquí. ¿Y por qué? Porque nada ocurre. No se mueve un puto papel, no se acercan los cabritos de los abogados, y a las familias, solo las ves por cristales. Por eso he decidido no escribir los fines de semana.
Llevo algo más de diez días encarcelado, pero ya me estoy pispando de cómo funciona esto. Entre Diego, mi compi de chabolo, y Bach, el kie que no sé porque motivo me protege y alecciona, me informan sobre los pasos que he de dar, con quien me he de juntar y con quien no. En fin, por el momento necesito de estos maestros, y del protector, mientras me sitúo.
He vuelto a despertar en mi cama, en mi casa, junto a Ana, mi parienta. He sentido su piel, su tacto y sus besos. Pero cuando me pispo de la realidad, solo escuchó los ronquidos de Caicedo. ¡Cómo ronca el muy cabrón! En ese momento él también se despabila. Y al verme con el ojo abierto, me suelta:
-Brother, abra la ventana y saque la cabeza, que voy a cagar -y diciendo esto, va y se sienta en el tigre con toda naturalidad.
Yo aún no me acostumbro. Cada vez que necesito poner un huevo, espero a que abran, y cuando el menda sale, me siento en el trono y empujo. Después ruge un tigre que no deja ni rastro de toda esa porquería.
Sé que algunos vergonzosos no lo hacen en sus chabolos y resisten el envite de sus intestinos hasta que abren la celda. Entonces se disparan escaleras abajo para posicionarse en el tigre del patio y descargarse de todo el peso interno. Por ello, en alguna ocasión que he ido a mear, me he encontrado los azulejos de los tigres pintados a brocha gorda y con pintura de mierda; habían bajado a toda prisa y se olvidaban del papel higiénico. Ala, pues límpiate con la zarpa y restriégala en la pared, guarro.