Como ayer os iba contando, la gitana y el yonkarra aporreaban el teclado del ordenata, o eso es lo que parecía, porque con el empastille que llevaban encima, sentirían que en lugar de teclas aplastaban cucarachas. El caso es que la morena le soltó en mitad de la clase y sin que nadie se pispara, aunque media peña la escuchó,
-Y Rufi, en vez de darle al osdenata, porqui no nos lo montamos ansina, anquí y ahora.
Y el Rufino, que no veía ni siquiera la pantalla, ni falta que le hacía, respondió, que de a buti, que te me montas pero de ya.
Y el menda, ni corto ni perezoso, se bajó la cremallera de la bragueta y se sacó el zipote, mientras la Candela se asentaba sobre ese pollón tambaleante debido al efecto de las pastis que no lo dejaban crecer como es debido. Pero lo conservaba lo suficientemente empalmado, para que ella, apartándose las bragas, se lo clavara y dejara caer todo su peso sobre él. Así quedaron, ella de espaldas a él, ambos mirando la pantalla, él por encima del hombro de ella, y cabalgando a paso lento.
-Joder, Rufi, qui de a buten. Cómo siento tu rabo, hasta er fondo de mi shosho –susurró la Candela sonriendo a su pareja.
El resto proseguimos con nuestra labor de aprendizaje, aunque a todos se nos desviaba la vista de reojo y bizqueando. Al profesor se le quedó tal jeta de pasmaú, que tuvo que girarse y escribir algo en la pizarra para no perder el equilibrio.
Durante el café, y mientras nosotros retozábamos detrás de la columna, oímos como una merchera metementodo le decía a la Cande:
-Pero, prima, cómo us lo habéis montau, ¿eh? Pero tu sabes que er menda tiene er bicho, ¿no?
Y la gitana, con desparpajo y sin bajar la voz, pá qué, si todos los habíamos visto, le soltó descoñada:
-Ja, tronca, si ya sé, yo también lo tengo. Por eso, ná de cauchito, ja.