-Pero, mijo, ¿qué le pasó el jueves pasado que no vino, ni respondió a mi carta?, y ahora llega desde la biblioteca, ¿qué es la vaina, ya no me ama? –pregunta entre mosqueada y curiosa.
-Tranqui, tronca. El jueves pasado no pude venir porque tenía que pagar un parte pendiente, condición que me puso el educador para darme el destino de la biblioteca, ¡sí, Paula, estoy en la biblio, por lo que me puedo mover por todo el talego! Por eso tampoco te pude escribir; no he parado.
Ya veo, que aunque trata de ser zalamera, me busca las vueltas de cualquiera de las maneras.
-Pues, nada, que le he preguntado al educador que si me ayuda con la comunicación, ahora que tengo este destino tan de a buten, y me ha prometido que sí, que me va a echar una mano, y del peculio, dame unos días, anda –miento como un puto bellaco para contentar a la sudamericana y que se deje meter mano durante la clase.
Sonríe satisfecha y me pasa con disimulo la mano por encima de la parte alta de la pernera del pantalón; mi rabo engorda de inmediato.
Durante la clase y a sabiendas que ya no nos dejan salir a tomar café, nos magremanos cuando el maestro atiende a alguien de la fila de enfrente. Y como nosotros, las otras tres parejas, que no desprovechan cualquier descuido del tolai del profe para meterse mano, no, el brazo entero.
A la hora del café y en vista de que no podemos salir, me piro en busca de las bebidas para todo el grupo. De camino al economato del módulo 8, empiezo a elucubrar el plan para follame el próximo jueves a la Paula en el tigre del socio. Cuando regreso con la bandejita de cartón, el plan está esbozado y claro; después la pondré al tanto.