He llorado toda la noche como un descosido. Creo que el porro ha colaborado en ello. Me he sentido tan solo, desamparado, sin nadie con quien conversar… Nunca pensé, que con apenas un mes de residencia en esta casa, pudiera echar tanto de menos mi celda, mi patio y a mis compis. Estoy desarraigado en este módulo. No tengo nada ni a nadie. Y por la noche me como la sesera pensando en mi familia, en la libertad, en mis amigos…, y lloro.
Y voy para el segundo día de encierro en el chopano, veintidós horas al día chapado en una celda pelada, sin nada que hacer salvo pensar. Me percato de mi vulnerabilidad. Soy más débil de lo que pensaba. En la calle iba de sobrado, tirando la pasta y fardando de posición. Y aquí, soy menos que una mierda; no soy nadie. Hasta un puto funcionario tiene mi vida en su mano. Aquí no valgo nada.
Otro par de horas de bajada al patio. Después de comer me quedo frito. Recupero algo del sueño perdido.
Me despiertan a eso de las seis de la tarde. La voz de un jicho me hace reaccionar.
-Coge tus cosas y sígueme.
-¿Pero qué cosas, si no tengo nada? –respondo incrédulo.
Pero ante mi sorpresa, me conducen al módulo 5, en lugar del 6. Me han jodido bien jodido. Me hundo. Otra vez a empezar de cero. De nuevo buscar un compi de chabolo, un lugar en el comedor, alguien que me ayude, que me aconseje… ¡La madre que me parió; me han jodido de verdad!
Entro en el módulo. Me dirijo a lapecera y pregunto del porqué del cambio y por mis bártulos.
-Órdenes, y sus cosas se la enviarán del otro módulo. Le avisaremos –me responde el gicho y se gira sin esperar mi respuesta.
Miro al patio y me siento observado. De nuevo. Pues nada, a salir a patiear.