Ayer no escribí; era fiesta, y además tuve otra movida con el nuevo. Nadie se acerca ya al gordo de mierda ese. Parece ser, que a pesar de lo que le hizo a su parienta y a la jueza, es familiar de un jefe de servicios del centro, por lo que se vuelve intocable. La peña lo tiene enfilado desde que pisó el módulo, yo el primero, pero los funcionarios están al lorito de lo que le pueda ocurrir.
Hoy nos la vuelve a montar con la comida y me exige más carne. No se la damos, y ya de regreso a la mesa, nos comienza a insultar. Entonces salto y le grito desde el office que es un gilipollas. El silencio embarga el comedor, y don Jesús, que en ese momento hace guardia, se acerca a mí.
-Déjelo, Guerrero y tranquilícese. No quiero problemas en mi turno –y con esas palabras deja claro que a los del office nos respeta, pero que nada puede hacer en este caso.
Por lo que he visto hasta el momento, los funcionarios siempre apoyan a los destinos de sus módulos, en especial, a los del economato y del office. Por ese motivo y por el interés del fiado y de la comida, la peña también respeta a estos destinos.
Jesús, no contento con ello, y tomando el papel de gallina clueca –para eso es el jefe del office y nosotros sus pollitos- nos suelta al José y a mí.
-A este hijo de su madre lo voy a trincar en el tigre un día de estos y lo pongo firmes cagando leches ¡Maricón! –y con esta sentencia nos quedamos tranquilos, sabedores de que suele cumplir sus amenazas.
La tarde transcurre tranquila en el patio. Algunos dan vueltas, otros se colocan en el tigre, pero todos tratamos de pasar de la mejor manera posible el calorazo que nos invade. Ya estamos en verano, desde hace unos días, y se nota.
Me pongo a jugar una partida de dominó con los gallegos, el Panamá y el Edinson, y las horas se pasan volando. Cuando me quiero dar cuenta, ya me estoy colgando de nuevo el mandil, enguantándome y alzando el perolo. Otra vez a servir bazofia. ¡Qué monotonía!