Salí. La miré desde arriba, ella elevó la mirada y la situación se volteó, ella arriba y yo abajo con un nudo gordiano entre ombligo y espalda que apenas me daba para respirar los aires. Bueno, tartamudeé contenido, véngase mañana y veremos. Ah, y ¿cuántos años?, señalé de dedos contables. Dieciséis, hilvanó entre dientes y sonrió de pena, sabiéndose cazadora con presa.
Llegó al siguiente sin más, tomó sus trapos de cambiarse y comenzó. Sobraban las palabras y las güevonadas entre ambos. La informaron de sueldo, días de guardar y cometido. Puso manos a la obra, es decir, caderas cadenciosas en movimiento y con ello mi perdición. Desde mi despacho la panorámica daba para mucho, para los que llegaban y para los que allá trabajaban. Y la observaba con lascivia profunda; ella se sentía admirada e incrementaba su bamboleo a fuerza de hormonas revueltas.
Con el transcurrir de los días sus carnes trillaban con más ahínco mis pasiones, así que opté por acudir con menos regularidad al negocio. Di las órdenes a mis dos de confianza: olvídense de mí por un par de semanas. Ni con esas superé la enfermedad que me consumía. Me desboqué en olvidar a base de aquí te pillo, aquí te mato y no dejé títere con cabeza en un afán de consumar en lecho ajeno lo que no lograba en el propio.
Al fin, una tarde de calores de bahía e impedido de cuerpo y mente, llamé a mi negra perturbadora de sueños para, de reojo y voz a medio tono, darle lo que buscaba desde entonces:
-Se me va mañana a esta dirección después del trabajo, y llévese la ropa de camello.
Bajó los parpados, esbozó un intento de sonrisa triunfadora y aceptó de buena gana las horas extras no remuneradas que se cobraría para siempre.