-¿Una trompada, maricas? ¡Pero miren cómo está! A ver, usted, ¿cuénteme qué ocurrió acá? –preguntó presumiblemente a Patricia.
La voz de la colombiana apenas se escuchaba desde la habitación de Paz. Solo un susurro que la española pudo adivinar pegando el oído a la pared.
-Nada…, es verdad..., qué pena, me trate de volar y los golpeé…, y entonces, bueno…, ellos…
Un silencio denso embargó la casa. Después la misma voz ordenante habló.
-Llamen al doctor Rodríguez, nuestro médico. Que venga de rapidez a revisar a ambas hembras. Y que después me cuente que es la vaina acá. Y ustedes dos, vengansén conmigo en el carro.
Paz oyó como la comitiva abandonaba la habitación de Patricia, para acto seguido, salir de la casa y arrancar el carro a toda prisa. Empezó a golpear la pared desesperada.
-¡Patricia, Pati!, ¿qué te han hecho estos hijos de puta? Dime, ¿qué te han hecho? –gritó fuera de si.
Al otro lado del tabique, una débil voz se elevó apenas audible.
-Me han jodido, Paz, me han dañado esta gente.
-¡Patiiiiiii!, ¡hijos de la gran putaaaaaaaa! –gritaba Paz fuera de sí, golpeando la pared con ambos puños como no recordaba haberlo hecho jamás.
De repente, la puerta se abrió y dos indios entraron y encañonaron con sus subfusiles a la española.
-Si vuelve a joder, a gritar o golpiar, la quebramos, chapetona de mierda. ¿Se ha enterado? –le gritaron frente a su jeta.
Ella enmudeció de golpe. La vida se le iba en ello. Su hijo no debía quedarse huérfano.