Allá los esperaba Simón, el Mono Vallejo, un duro, pero de los de ahora, de los que se sentía pero no se veía. Los recogió su chofer del aeropuerto internacional José María Córdova, en un simple Mazda, aunque seguido a corta distancia por otro vehículo 4x4 y con dos guachimanes oscuros en su interior. De eso se percató de inmediato el Robus, habituado a utilizar sus cinco ojos: los dos delanteros, los traseros y el iluminado, el de la frente y que todo lo ve, que de tantos asaltos guerrilleros lo había salvado.
Se dirigieron al barrio Señorial, de Envigado, donde Simón poseía un edificio, del cual habitaba un ático infinito, reservándose un par de apartamentos más para las visitas y amigos. Pero todo dentro de un lujo aparente, sin aspavientos, sin grandes demostraciones de poder, y amparado por sus empresas de tintes internacionales y blanqueadas por los negocios impolutos que mantenían a través de las licitaciones con diferentes gobiernos latinoamericanos.
Los instalaron en uno de los apartamentos de la 3ª planta con servicio para todo. El Mono estaba al tanto de la arribada pirata que el español había realizado a su país con esos documentos irreales, de su persecución legal y corsaria en España y de todas sus desavenencias y furtivismo, pero había ganado inmensas fortunas en su día con él, e intuía que volvería a llevárselo crudo. Por eso, y por que controlaba a la secreta de su ciudad, al batallón del ejército de su región y a gran parte de los politiquillos, jueces y fiscales del predio, no andaba con agobios.