Sin embargo, Patricia se enfrentaba en ese instante a una situación más que delicada, comprometida. El man que se encontraba sobre ella, le proyectaba su aliento etílico mientras le lamía el rostro en busca de enganchar sus labios, y la inmovilizaba férreamente con las manos. El mestizo que merodeaba su parte meridional, ya había desabrochado sus pantalones a pesar de los esfuerzos y el zarandeo que la colombiana impuso a sus perniles. Bajó la cremallera del jean, al tiempo que introducía una mano renegrida y de uñas mugrientas y melladas entre sus cucos y la piel. Entonces entre risillas contenidas, apenas audibles, penetró el índice hediondo a través del oscuro pelaje en el interior de una cuca reseca y tensa por la angustia.
Un, ¡mmmmhhhhh!, amortiguado por la palma áspera del compañero, apenas se evadió de la garganta de Patricia. El violador de la falange chupó su índice con fruición mientras su expresión lasciva dejaba entrever su siguiente actuación. Tiró de las perneras del pantalón, deslizándolos hasta los tobillos. Fue en ese instante cuando la pierna izquierda de la colombiana impactó en el rostro del man. Éste salió proyectado hacia atrás. La reacción del compañero no se hizo esperar, propinando una trompada en la faz de Patricia. Un, crac, característico de rotura, resonó en el ambiente atenuado de la habitación.
En esta ocasión, el fragor de la caída y la rotura del tabique llegaron de manera clara al oído de la española. Se levantó del camastro y se dirigió a la pared lindante con la habitación que ella intuía de su amiga. Se acuclilló y comenzó a golpear de forma delicada con los nudillos. No recibió respuesta. Insistió. Nada. Se levantó y aplicó la oreja a la pared. Nada pudo oír.