-Hola Fileeeeee –le suelta con su jeta ladeada, entreabriendo aún más los labios y estirando como chicle la “e” final. Su lenguecilla juguetona va marcando las silabas con movimientos de víbora: sonrosadita, vital, provocadora.
-Joder, Red, tía, me estás poniendo cachondo. Mira, tronca, no juegues con fuego que aquí el menda está a verlas venir. Pero qué buena que estás –termina marcando los morros a la churri a través del cristal.
-Pues no es eso lo que me han largao. Creo que te has enrollao con una sudaca, una guarra que además no tiene un polvo –arrastra de nuevo la Red las palabras con perfidia, mientras bate sus pestañas arrimeladas con movimientos oscilantes.
Los otros tres rompen en carcajadas.
-Ja, ja, ja, Filetes, te han cazado, compa, te han cazado. Te va a poner firmes la Red, que sí, tronco, que te vas a enterar –le gritan entre risotadas.
Él ya se ha sentado para escuchar y conversar con soltura. Pero para estos bocas no es necesario agacharse; inundan con sus bozarrones todo el espacio de comunicaciones. De cada locutorio se desperdigan gritos, lloros y berreos de algún que otro churumbel. Otros niños corren entre las puertas jugando al pilla-pilla entre risas y caídas. Más que un espacio de comunicaciones de una prisión de alta seguridad, esto se asemeja al Circo Mundial, con todos los componentes del espectáculo: de un lado, un ruidoso público, y del otro, las fieras, enjauladas y buscando la salida a través del cristal; lo golpean, vociferan y piden a gritos que los lleven con ellos de vuelta a la selva del asfalto.
La Red también toma asiento junto a la piba de uno de los compas; los mendas permanecen de pie tras ellas.