El Filetes está cabreado, muy cabreado con la pelirroja por las afiladas apreciaciones que tiene que soportar referidas a Elisabeth María. Y mientras la observa comienza a cavilar.
Está bien que la Red fuera su piba ante de entrar aquí, pero ahora llevan más de un año sin estar juntos, no tienen vis-vis dado que el Filetes vive aún con sus papas, y además, quién sabe si la tía se ha liado con algún cabrón del barrio. Por lo tanto, quién coño es ella para decir que si la colombiana es una guarri o una sudaca; a ver, quién coño es. Y él, aquí solo, sin nadie que vele por él…, lógico que se haya enrollado con la suramericana, que además se lo monta de lujo en el catre. Hombre, la Red también es una máquina, la tronca folla que te cagas, pero eso no quita para que ahora Elisabeth María sea su piba; bueno, hasta que se ha quedado preñada. De ahora en adelante…, veremos que ocurre, porque él, el Filetes, no desea ni de coña ser papa y menos, tener una piba preñada a la que no le puede echar unos buenos polvos durante los vis-vis, no vaya a dañarle el celebro al nené con su pollón XL.
Mientras él medita sobre estas ideas metafísicas, observa como ambas pibas hablan entre sí, deslizando la Red de cuando en cuando una mirada provocadora a través del cristal, mirada que lo mantiene en un constante hervor. Su animal no descansa desde que comenzó la comunicación: entre las miradas, las palabras balbuceantes de la pelirroja, los pensamientos y los recuerdos, no encuentra acomodo en la bragueta, abultado como se encuentra y bramando libertad.
-Bueno, Filetes, qué, tronco, ¿vas a conseguir el vis-vis íntimo con tu amigo, ese hijo de la gran puta del Ciriaco o no? Para algo sirlabas para él cuando estabas en la calle, y para algo es Jefe de Servicios el cabrón, ¿no? –le suelta hosca la Red, mientras a la otra se le desliza una risilla nerviosa.