-Oiga, Filetes, ¿usted es un güevon o solo se lo hace? Parece que no recuerda como se emberriondó en la última clase de literatura, cómo nos dejo a todos allí, agüevonados, ¿verdad? Y ahora llega después de esa vaina tan bacano, tan machito. ¡Déjese de maricadas y compórtese como un hombre, no como un pelaito! –le pone ella en sus sitio con una lógica aplastante, con esa lógica que solo las hembras esgrimen en los momentos más comprometidos.
Él se queda a cuadros, descolocado. Si antes, al entrar, se encontraba nervioso y suplió esa carencia de seguridad con su saludo fuera de lugar, ahora se siente como un parvulario frente a una pregunta irresoluble que le plantea su maestra.
-Joder, Elisabeth María, tronca, no es para tanto. Cómo te enfurruñas por una tontuna, hostia.
-¿Una tontuna?, ¿a usted le parece una tontuna que me haya quedado embarazada, en la cárcel, en un país que no es el mío y no conozco, sola, y de un güevón que se pone a berrear como un crío cuando le digo que vamos a ser papás?, ¿una tontuna? Pues perdone que le diga y perdone que sea una ignorante, pero a mi me enseñaron que el ser papás es algo muy serio, y a lo hecho, pecho. Por eso en mi país, en mi pobre país, las familias tienen tantos pelaítos, porque no voltean la mirada y frentean al problema. Una tontuna…
Es tal la lucidez de la colombiana y los argumentos esgrimidos, que el Filetes recibe el comentario como una bofetada a su inmadurez. La chica será de un estrato humilde, no contará con una refinada educación, pero su cabeza está más que bien amueblada.
-Perdona, tía, es que…, me has pillao descolocao. No estoy preparado para tener un hijo y así, sin aviso ni ná, pues no sé. Además, ¿cómo te has quedado preñá si hemos follado con condón? –revuelve sus palabras en una melcocha de ideas.