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DE LAS PAREJAS Y SUS RELACIONES EN PRISIÓN (167)

10/3/2010

Termina de perfumar toda su piel y ropas, por si la situación así lo requiera, y se presta a esperar la eterna llamada a comunicación. Está acostumbrada. Y a pesar de mantener los nervios templados dada la clarividencia de sus convicciones, cierto run-run recorre sus entrañas, va creando un ligero nudo en su estómago. No obstante, se sienta, une las piernas, posa sus manos sobre las rodillas y mantiene el espinazo erguido y la cabeza alzada; medita. Cesárea, conocedora de los tiempos de silencio y locuacidad de su compañera, reconoce el momento como propicio para abandonarla a sus pensamientos íntimos; se recuesta y deja que el sueño de la tarde se apodere de ella.

La que espera en esta ocasión es ella. Espera en la celda del vis en la misma postura que mantuvo minutos antes en su chabolo. Así, hasta que escucha unos pasos acercándose irremisiblemente por el pasillo, de dos en dos, aumentando la intensidad de la pisada a medida que pasan los segundos. Su resorte interior la despide de la silla e incorpora a su posición vertical. La puerta se abre y el Filetes aparece con una sonrisa que ella no alcanza a identificar. Se encuentran frente a frente con la misma indecisión que percibieron en su primer vis-vis y de esa manera permanecen unos instantes: inactivos, desubicados y con escaso poder de decisión.

El Filetes es el primero en reaccionar; se envalentona:

-¿Qué pasa contigo, chorba?

Elisabeth María no responde. No esperaba este comienzo de comunicación tan abrupto, quizás ilusionada de que su chico llegará con las orejas gachas, más humilde. Lo mira distante, marcando la distancia.

-Pero, joder, ¿no te mola mogollón verme? –vuelve a insistir él, con un tono de aquí no pasa nada.