En cambio, Elisabeth María, apañada ama de casa, madraza e hija sin reservas, es sin duda una buena apuesta a futuros, adobada con una capa de sensualidad animal propia de las oriundas de allende de esos mares. El Filetes calibra ambas opciones con milimetría de relojero, mientras su sensación de malestar se mantiene. Bajo su aparente toque machito y de insensibilidad, se esconde un alma noble y necesitada de afecto, aunque basta y sin pulir.
Un aroma rural llega a sus narices. Asciende, lo envuelve y lo incita.
-Qué pasa, compi–dice el Filetes mirando hacia abajo -ese peta se va a perder contigo. Estás de la puta olla con el fútbol y no te pispas de lo que te estás fumando. Pásalo –le ordena entre cachondeo y aspereza.
-Toma compi, y mira quién fue a hablar, el forofo del Atleti, no te jode.
Tiene razón su compañero de celda. Al Filetes le priva el fútbol. Es delantero del equipo de futbolito del módulo, y es un figura con el balón. Pero esta noche pasa del juego que retransmite la caja boba. Su cabeza y sus sentimientos están en otro lugar; además, juegan los merengues, y a esos no los puede ni ver.
Da unas caladas intensas al porro. El chocolate está de a buti y lo relaja. Las pesadillas que lo envuelven comienzan a disiparse y una pachorra aplastante lo embarga. Bueno, mañana se comerá de nuevo el tarro, pero de esta semana no puede pasar sin tomar una decisión. No desea perder a ninguno de los peones del tablero de su vida, pero intuye que ha de sacrificar a uno de los alfiles; él que quede adoptará los movimientos de la reina, acompañando durante toda la jugada al rey, él. Se adormece, aunque apenas controla las variables del ajedrez.