-Oye, tron, qué me olvides. Te voy a contar yo a ti como se lo monta mi tronca, así te la cascas, ¿no?; ni de coña. Búscate la vida. Anda, y sigue viendo el partido.
-Bueno, compi, tranqui, tron, solo preguntaba. No te me mosquees, que yo con tu piba no quiero ná de ná. Ya tengo yo a mi Manoli. Bueno, y ahora a ver el furbol y chitón –termina de disculparse el de la litera de abajo.
El Filetes no encuentra la tranquilidad. Ha conseguido lo que deseaba sin ceder. Y ni con esas se siente cómodo. Presiente que ha humillado a la colombiana y que ésta cedió en última instancia debido a esas necesidades perentorias de carnes rojas y afectos olvidados que tanto se dan por este entorno. Y también intuye que ella se ha debido arrepentir de su entrega, pero su posterior decisión de no volverlo a ver es firme. No podrá recuperarla, de eso no le cabe la menor duda, a menos que…, sí, a menos que se disculpe y reconozca al niño de los cojones. Pero es que él no está por la labor de ensayar su lado de progenitor.
Por otro lado está la Red y su tiempo de espera: U-N-M-E-S, a partir del cuál se liará con el puertas ese de Kapital. Solo de pensar en la Red, su aparato se hincha como globo de feria, y sin helio, por inercia propia. Pero esta noche el Filetes está de ánimos caídos, por lo que el globo pierde fuelle cuando éste deja de manosearse. Sin embargo, algo le dice que la Red no aguantará aunque el de un sí. No sabe de cuantos años será la espera, la tía está muy buena, y con uno o dosvis al mes no calma a la Red ni de coñas; menudo furor uterino carga la tía. De seguro que ya se ha cepillado a algún menda del barrio al despiste, seguro. De todas maneras, la Red no es piba para los malos momentos, sí para el disfrute, la juerga, los buenos bugas y los garitos de baile duro, y todo bien condimentado por una cartera sin restricciones.