Era la visita que esperaba con ansía desde el día de la llamada.
-Muchas gracias, seño, ya voy para allá.
Se encaran como en ocasiones anteriores, frente a frente, con un vidrio miope entre medias; a un lado, el letrado en libertad, al otro, la presunta culpable en clausura. Pero en esta oportunidad la introducción pertinente, las chanzas y el necesario intercambio de formulismos sobran. La colombiana y después del correcto, “buenos días, doctor”, entra al trapo y comienza a vomitar de una manera compulsiva todas sus aconteceres de las últimas semanas. A medida que ella narra, los ojos de Fernando Pamos se contraen y expanden dependiendo del momento que surca la epopeya.
El abogado no sale de su asombro, de que en el lapso de tres semanas a su defendida le hayan acontecido tantas situaciones asombrosas en un páramo donde habitualmente transcurre la vida de manera monótona, exceptuando, claro está, algunos hechos aislados y sin mayor trascendencia como una pelea, un acuchillamiento, algún que otro suicidio, uno que se haya chinado, otro que se le haya ido la olla puesto de pastis hasta arriba, alguna violación consentida y una u otra agresión a un funcionario, pero aparte de esto, poco más.
Al finalizar su gesta, después de una hora ininterrumpida de monólogo, la colombiana calla de golpe. Ambos se observan, silentes; uno pensativo y rumiando lo engullido, la otra desahogada y sin apenas fuelle. Entonces y por primera vez, el abogado toma la palabra.
-La verdad, Elisabeth María, me has dejado sin palabras, anonadado. No pensé que en unas cuantas semanas alguien pudiera tener una vida tan intensa en un lugar como este. Bueno, centrémonos en los acontecimientos y en la preparación del juicio que tendrá lugar en algo más de tres meses.
Y se centraron en ello; conversaron durante una larga hora más.