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DE LAS PAREJAS Y SUS RELACIONES EN PRISIÓN (186)

8/4/2010

Mientras se aleja, una incómoda sensación le embarga. Un nudo se le forma en el estómago, un nudo que se transformará en gordiano si la colombiana no le pone remedio. Conoce de sobra el motivo, que no es otro, que la decisión tajante que ha tomado de cortar por lo sano cualquier vínculo que le ate al Filetes. No es una decisión sencilla, sabiéndose sola en esta estepa de sentimientos y sexo, pero su orgullo de altiplanicie andina impide que ceda en cuestiones de honor, y el suyo, ha sido mancillado.

Cuando al día siguiente el Filetes recibe el sobre cerrado con una observación en la solapa, entra en cólera. Será hija de la gran puta la colombiana esta de los cojones, piensa para sí. Pero antes de alejarse de la garita, el funcionario se agacha para decirle:

-Ah, Filetes, y tenemos orden de no recibir ninguna de tus cartas que vaya dirigida a esta interna. Así que ya sabes: no escribas más y no nos des el coñazo.

-Pero, pero, don Fulgencio, que esta es mi titi y vamos a tener un hijo. Cómo me dice usted esto –responde el Filetes indignado, aunque manteniendo el respeto por si las moscas y al jicho se le tuerce el humor.

-Pues esto es lo que hay. Anda, pírate, que tenemos trabajo, y no me des más la vara, ¿eh?

El Filetes se gira y, con el sobre en la mano, se dirige a su mesa del comedor. Antes de llegar, lo rompe en multitud de pedazos que va desperdigando como el deshoje de una margarita. 

-¡La madre que parió al funcionario, a la zorra de la colombiana  y a todo lo que se menea. Me cago en todo, me cago! –grita entredientes mientras el resto de compis lo observan y se retiran con alguna que otra risilla maliciosa.

 A los dos días y cuando Elisabeth María se encuentra tirando cafés, una funcionaria entra en el economato.

-A ver, Cardozo, a locutorios. Abogado.