La Patri está tranquila. Sabe de la supervivencia de la colombiana y eso es motivo de despreocupación para ella. Da por hecho que nadie hablará, y además, no habiendo cadáver, bueno, pues el tema se vuelve menos trascendente. Y lo más relevante: ha asentado su poderío en el módulo y a partir de este momento nadie volverá a rechistar una orden suya; las mismas suramericanas entrarán por el aro al igual que el resto.
Aunque la administración del centro con los informes sobre la mesa sospecha de la autora de los hechos, no encuentra pruebas contundentes para encausarla. De la movida de ambas en el economato, nada trascendió, por lo que la dirección no cuenta con un motivo justificado para cargar el muerto a la romaní.
Durante los siguientes días las pesquisas continúan, mientras la colombiana permanece en coma inducido en la UCI del hospital, bajo supervisión médica constante y vigilancia policial inamovible. En esas primeras jornadas la noticia no trasciende, sin embargo, a Fernando Pamos, su abogado, le es comunicado el hecho. Por ese motivo, y antes de avisar a la familia de su cliente en Bogota, se persona en el centro hospitalario a comprobar in situ el estado de la paciente. Llega durante la hora de visita que permite el centro y tiene que sortear el control policial para acceder a verla.
Al fin, cuando se encuentra a su lado, se percata de lo débil e indefensa que es la colombiana. Ahí, tumbada en esa cama metálica, entubada hasta decir basta, con un ojo vendado y la tez pálida bajo ese tono café con leche, lo poco que puede ver de la suramericana entre las mantas es delicado, pequeño, ínfimo. Pobre chica, piensa, casi muerta y aún así custodiada por si se pudiera escapar; lejos de su país, de su familia, de su entorno, en un medio hostil del cual ella apenas había oído hablar y todo por su candidez e ignorancia congénita, todo por escuchar cantos de sirena y vagas promesas de una realidad irreal. Pobre muchacha.