-Sí, señora, por su hija le llamo. Es que algo ha ocurrido y…
La conversación entre ambos se vuelve un solo monólogo del abogado, mientras al otro extremo del hilo se oye de cuando en cuando un suspiro seguido de un, ay, mi Diosito. Y con todo, el abogado desdramatiza el hecho en sí, reduciendo la gravedad de la situación a un simple estado moderado de la colombiana. Cuando por fin da por terminada la conversación con apenas respuestas entrecortadas de la anciana, una sensación de culpabilidad le embarga. No le gusta engañar, aunque sea con mentiras piadosas, pero el momento lo exige y pesa más la conmiseración hacia una pobre mujer y unos niños indefensos que mantener incólume la verdad.
Pero desde este mismo instante y con más obcecación si cabe que antes, se propone sacar a esta mujer con la condena más nimia posible. Después del sufrimiento y las desgracias que le han acaecido, desea recompensar a Elisabeth María con una sentencia leve. Pondrá a partir de este momento todo su empeño, su piel, en desagraviar a esta pobre chica, ah, y sin olvidar demandar al centro penitenciario por los hechos ocurridos.
Ha pasado una semana desde aquel triste sábado y el módulo, toda la cárcel, vive en un estado de calma tensa. La investigación aún no ha concluido. I.I.P.P. pide cabezas y la noticia ha trascendido a los medios de comunicación por una filtración del hospital. El Ministro del Interior y el Secretario de I.I.P.P. aparecen en todas los medios informando sobre los acontecimientos de manera esquiva, quitando hierro a unos hechos que califican como puntuales y dispersos. El director del centro, sintiendo perder el acomodo de su poltrona más que segura, pone en pie de guerra a su cuadrilla de subdirectores y jefes de servicio, a fin de encontrar a la culpable de los hechos.