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DE LAS PAREJAS Y SUS RELACIONES EN PRISIÓN (212)

14/5/2010

Sin embargo, algo inesperado acontece al siguiente fin de semana. Después de la siesta y cuando abren las puertas de bajada al patio, un par de veloces sombras sin rostro se cuelan inesperadamente y sin previo aviso en la celda de la Patri. Ésta última se encuentra acicalándose frente al espejo plástico. Está sola, ya que su compañera salió durante la siesta a comunicar. Antes de soltar el cepillo de pelo, antes de reaccionar en un momento en que su dispositivo de defensa no está accionado, una de las sombras golpea su cabeza con un objeto contundente, mientras la otra le propina una serie de estocadas, rápidas, penetrantes, sangrantes, que desestabilizan a la masa romaní. Se aferra a la silla plástica a fin de no perder el equilibrio, pero las patas dúctiles ceden bajo su peso. No tiene tiempo de gritar, ni luces suficientes para hacerlo; el golpe en el cráneo ha desorientado sus neuronas, que perdidas en un vaivén continuo por la masa encefálica, no alcanzan a enviar las órdenes pertinentes a ninguna de sus habituales conexiones nerviosas.

El conjunto de grasas cae sobre la silla, golpeándose de nuevo la cabeza -pero en esta ocasión por la inercia del desplome-, contra el canto de la litera inferior.  Una amalgama de carnes, pelos, fluidos y sangre queda esparcida sobre el hormigón de su chabolo, mientras las dos sombras abandonan de manera subrepticia el lugar. 

En ese preciso instante, una de las machacas de la gitana dobla el esquinazo de la escalera, para observar como las dos figuras se dirigen en sentido contrario; distingue la ropa de una de ellas, sus zapatos y las maneras de caminar. Algo le pone sobre aviso, una densa sensación flota en el ambiente. Acelera el paso y penetra en la celda de la reinona. Un grito estridente y unas palabras tirantes rasgan el monótono run run del módulo.

-¡Han morío a la Patri, nos la han matau!