Es tan intenso el grito, reverberan tanto esas palabras en el espacio, que el mensaje se escucha por todo el tramo de escaleras, en ambos pisos. Se forma un goteo incesante de compañeras que se acercan raudas al lugar: unas por deferencia, otras por curiosidad y las más, por puro morbo. Al momento, un par de funcionarias ascienden los escalones de dos en tres, como elevadas por esa energía volátil propia de momentos extremos. Llegadas al lugar, han de abrirse paso entre el grupo de internas que se encuentra frente a la celda. Cuando observan el circo de elementos que rodea el cadáver, llaman de inmediato por el walkie pidiendo refuerzos y una camilla a la enfermería; saben a ciencia cierta que a esta mole no hay grupo humano que la mueva a pulso del lugar.
La noticia se extiende de manera inmediata por el patio; al rato, por el resto del centro penitenciario a la voz de: “la Reina ha muerto, viva la Reina”, aunque todos presienten que no hay reina de reemplazo a la caída. El imperio de la tiranía ha terminado; por el momento.
Pero si bien la satrapía romaní ha desaparecido de uno de los módulos de mujeres, de inmediato se abren tres frentes conflictivos en el centro, y un cuarto, en el exterior. Por un lado, las hordas cíngaras de ambos sexos se revuelven en sus respectivos patios clamando venganza gitana. Por otro, las machacas y compis de la fallecida piden de igual manera la cabeza de ambas sacerdotisas de Tánatos, esas que una machaquilla vio desaparecer por el pasillo y de las cuales a una de ellas la están conociendo. Y por último, el de la administración del centro, arrebolada y llevada por la esquizofrenia por lo que le pueda caer encima; todos ven peligrar sus sillones, sus mullidos puestos. Dos internas en dos semanas, a presa por semana; una, en un veremos de defunción y la otra, difunta sin vuelta atrás.