-Perdone, doctor, es que en Suramérica tienen la costumbre de llamar doctor a casi todos los que cargamos un título bajo el brazo –explica Fernando al médico.
-¿Cómo te encuentras, Elisabeth María? –pregunta acto seguido Fernando.
-Pues, no sé, doctor, no sé. ¿Dónde estoy y qué me ha pasado? Lo último que me acuerdo es…, no me acuerdo…, sí, sí, ahora sí,¡¡¡no!!!, ¡la Patri, sus compis, me patiaron, mi barriga!, ¡¡¡mi barriga!!!, ¿dónde está mi bebito?, ¿¿¿dónde está??? –grita desesperada, revolviéndose como pantera con los catéteres aún enganchados a sus brazos y con ambos hombretones tratando de aferrar sus extremidades, que dando bandazos, se tornan incontrolables.
Al fin pueden hacerse con ella, mientras una enfermera le inyecta un sedante.
-Mi bebito, mi bebitooo, mi bebitooooo… -termina de suspirar la colombiana, entrando de nuevo en un sueño forzado y del que de seguro no deseará despertar.
Al día siguiente amanece con una expresión ida. Sus facciones no revelan ningún tipo de sensación; su mirada, la de la vacuidad. El desayuno junto a su cama se encuentra sin tocar; no se ha percatado de su existencia. Elisabeth María ha despertado, pero su nombre ya no le dice nada. No se siente ella, apenas percibe a la personalidad que ocupa su cuerpo. La antigua Elisabeth ha muerto, y sus sentimientos con ella.