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DE LAS PAREJAS Y SUS RELACIONES EN PRISIÓN (216)

20/5/2010

Toda esta contienda subterránea no pasa desapercibida a los oídos refinados de la cúpula directiva recién llegada. No desean nuevas sorpresas ni verse de frente y perfiles en los noticieros de las principales cadenas de televisión; cortan por lo sano. Fraguan con sus allegados de I.I.P.P. una estrategia de urgencia: la Paisa es trasladada de inmediato al norte de la península; la Sandrita, a las Canarias, a ponerse negra de patio y sol. Problemón resuelto.

La semana de nochebuena, unos días antes de las fiestas, los médicos deciden retirarle la sedación a Elisabeth María. Durante las primeras veinticuatro horas la colombiana no reacciona. Mantiene sus constantes normales, pero se encuentra llevada por una modorra de la cual aparentemente no desea zafarse. Pasado ese tiempo, comienza a mover lentamente las extremidades, a plazos, por capítulos. Primero algún que otro dedo, después suavemente las manos. De manera gradual también los ojos, primero el párpado izquierdo, después el derecho. Y así, hasta que apertura ambos ojos con su cabeza ladeada a la izquierda. Lo primero que ve es a dos figuras, borrosas, sin los contornos bien delimitados. A medida que su visión y distancia focal se readaptan después de casi tres semanas de oscuridad, comienza a distinguir con más nitidez a las personas que se encuentran frente a ella. Uno, de bata blanca y semblante grave. El otro, de pelo pincho y cargando una sonrisa que en este despertar vale su peso en oro: Fernando, su abogado.

-¿Dónde estoy, doctor? –pregunta moviendo ligeramente la cabeza y parpadeando con rapidez.

El médico se apresura a responder, sintiéndose aludido.

-Señorita Cardozo, buenos días, soy el doctor Pueyo, el facultativo que lleva su caso y…

-Gracias…, gracias…, doctor, pero me refería al doctor Pamos… Disculpe, qué pena… –interrumpe la paciente entrecortada, sonrojándose.

El médico mira a Fernando, sin comprender.