La mirada taladrante de la colombiana deja pocas dudas sobre lo que piensa. No responde. Vuelve a colocarle el recibo del libro para su firma. El Filetes, sin embargo, arremete de nuevo.
-Qué, ¿no me dices ná? Ya me habían pispado que te habías vuelto una…, que no se puede garlar contigo. Oye, tronca, le he dado al bolo y he pensaó, que ya que garbeas por todos los módulos, pues, que me llevases un encarguito a un compi del 11, a uno que le debo una y que molaría que…
-Pero..., usted es un güevón o qué le pasa. Cree qué voy a servir acá de recadera para usted. Se acabó. Lo nuestro nunca existió y usted no vale verga para mí. Firme y déjese de maricadas –le estampa en la cara con un tono cortante y sin apenas modular la voz, manteniendo la simetría devastadora en su hablado.
El Filetes se sorprende. Vuelve a mirarla y entonces firma. No hay cabida para las despedidas ni para las disculpas. No hay perdón que valga, ni persona a la que dárselo. Solo una pared infranqueable e inamovible queda de algo que fue.
Esa tarde, durante las horas de la siesta, Elisabeth María no duerme; descansa pero maquinando. Regurgita las palabras del Filetes, en especial, las relacionadas con el pedido que éste le hizo. No, ni de vainas iba a
para ese güevón que ya no es nada suyo, piensa con la mirada puesta en un desconchado del techo. Pero…, sí, pero, se podría plantear algo diferente. Ha perdido todo, la vida le ha robado su propia vida, así que y, dado que ya no le debe nada a la vida ni a nadie, por qué no aprovecharse de ello. A partir de este momento solo velará por sus hijos, por su madre y por ella misma; del resto no le importa nada una mierda. Sí, se aprovechará de la vida como la vida se ha aprovechado de ella. Desde mañana mismo dirigirá sus pasos a fundamentar su futuro y el de su familia, por encima de todo y todos. Hará lo que esté en su mano, sin cortapisas sociales ni morales, para que no le vuelva a faltar nada. Nadie volverá a joderla ni hundirla.