Elisabeth María permanece unos instantes en silencio. Le sorprende la forma y maneras de expresarse de la July. Nunca se lo hubiera imaginado de un ser…, bueno, de esta mujer. Se ve que cuenta con educación y buenas costumbres, aunque, y por lo que ha oído, puede comportarse también como una cualquiera: vulgar, arrastrada. Pero le agrada su ternura, la manera directa de dirigirse a ella, mirándole a los ojos y expresando sus pensamientos sin tapujos.
-Estoy bien, July; gracias por interesarse. Y tranquila, que nunca más será Raimundo.
Y con esta escueta observación pero transmitida de manera cordial, Elisabeth María da por terminada la entrega de libros en el módulo 8 y se dirige al 6, dejando detrás suyo una amiga incondicional y batalladora; sabe que puede contar con ella.
En el módulo 6 sigue el mismo procedimiento. Con una pequeña diferencia. Uno de los hipotéticos lectores es el Filetes. Aunque apenas dedica tiempo a la lectura, semanalmente y desde el último mes, solicita libros a la biblioteca con el fin de, a ver si suena la flauta y en una de estas es Elisabeth María la bibliotecaria que trae los volúmenes. Y hoy ha sonado la flauta; una melodía completa llega sus oídos cuando escucha su nombre pronunciado con un timbre de voz tan familiar.
-Sí, ese soy yo, y este, mi libro –responde graciosillo el Filetes.
-Firme acá –corta de plano la colombiana.
-Hola, chorbi, ¿cómo sigues? Bueno, ya veo que igual de buenorra como siempre. Mira tronca, que te he mandaó cartas que te cagas, y ná, que no me dices ná. A ver cuando te estiras y me escribes unas palabrejas, ¿eh? Ah, joder, me se olvidaba, joder, que lo del niño, joder, que… bueno, que me jode cantidad, tía, que lo siento mogollón.