A unos metros del economato frena su caminar y se reclina en una columna mientras ladea suavemente la cabeza mirando al machaca. Éste último sigue su camino hacia la ventanuca, al tiempo que el Filetes controla la operación desde la distancia.
-Shhh, tronco –suelta el machaca a través de la abertura.
El menda del economato se acerca.
-Qué pasa, ¿qué me traes, pringao? –le pregunta en tono desdeñoso.
-Ná, que el File me ha enviaú pá devolverte el pasquete de tabaco que te debía. Toma –y le entrega una cajetilla de LM aparentemente cerrada.
El economatero la coge y dirige su mirar a través del hueco y sin destino final. Se encuentra con la mirada del Filetes, que desde esos veinte metros que les separan, le guiña el ojo; éste sonríe.
-Dile al Filetes que estamos en paz, y tú, toma un café que te doy por la face.
Es la primera operación de trapicheo que realiza el Filetes; no es lo suyo, pero la emoción de lo prohibido lo pone cachondo. Es la primera operación de transporte, a sabiendas, que realiza Elisabeth María; no es lo suyo, pero a estas alturas pasa de todo y con ello comienza a cobrarse la deuda que la vida mantiene con ella. Ambos quedan satisfechos con este comienzo, cada cual por motivos distintos, pero a fin de cuentas, satisfechos.
Elisabeth María, no obstante, ha dedicado muchas jornadas a concebir su plan de futuro, por lo que el entramado organizado para realizar dicho proyecto ha sido meticulosamente diseñado. Solo una persona más está al tanto del negocio al completo, una que se involucra a partir de este momento de lleno en él, dando la cara con el fin de mantener a la colombiana en el anonimato: su antigua compañera de economato. Sin embargo, será la suramericana quien mueva los hilos de este guiñol pirata. El plan es sencillo.
Hasta el momento, gran parte de los trapicheos se realizan vía aérea, de módulo a módulo, con el lanzamiento de las famosas pilas de transistor. Pero este sistema cuenta con varios inconvenientes. A saber: