Ambos se miran fijamente, él con la intención de doblegar, de intimidar; ella manteniendo su posición y sin dejarse amedrentar. Al final el abate su mirar, e incómodo, continúa:
-Bien, el caso es que como eres una persona respetada y admirada entre las internas, quería ver sí…, bueno, que estuvieras pendiente…, por si surgiera algún movimiento extraño, hummm…, algo que pudiera perjudicar a alguna de vosotras. A lo mejor tú sabes algo que a nosotros se nos escapa y nos pudieras…, en fin, que sabes que este centro siempre ha velado por ti y te tiene en gran estima y bla, bla, bla –termina de enrollarse sin apenas creerse lo que cuenta.
Elisabeth María lo observa detenidamente. Después, y vista la confusión que su mutismo ha creado en el subdirector, comenta:
-No sé nada y aunque algo me llegara, yo no soy una chivata. Eso que lo hagan otras. Además, yo no debo nada a ninguno. Estoy pagando y siempre pago mis culebras, aunque esta sea de otro.
Ante la evidencia de lo evidente, el subdirector se frota las manos y adelanta el final de la entrevista. No se siente cómodo con esta chica, tampoco de mantener un monólogo de sordos, ya que eso es lo que ha tenido.
-Bueno, Cardozo, puedes volver a tu módulo. Buenos días –se despide más cortante, al tiempo que la colombiana se endereza y abandona seguidamente la pieza.
Deberíamos vigilar más de cerca a ésta; mucho ha cambiado desde la agresión, piensa para sí el subdirector mientras observa como la pequeña sudamericana se aleja por el pasillo a rebufo de una funcionaria.