La colombiana dobla en dos el manojo y lo aprieta contra su pecho. Cierra los ojos. Inspira. Expira. Vuelve a desdoblarlo y a pasar las páginas hasta alcanzar la última. De nuevo lee. No termina. A pesar de su pasotismo creciente, se proyecta unos centímetros a las alturas, de puntillas y expeliendo un agudo gritillo de felicidad. Una vez realizado este ritual, vuelve a su actitud habitual y regresa al módulo por el mismo camino por donde vino. Sin embargo, de camino recuerda que ha de acudir a su destino, por lo que se desvía al sociocultural.
Mientras pasea a su lugar de trabajo, de repente se percata del montante que le piden en concepto de multa: 85.000€. ¿Y de dónde carajo voy a sacar yo esta vaina?, se pregunta ligeramente preocupada. Cuando llame al doctor se lo preguntaré, pero vaya mierdero con este billetico; con la alegría de los años se me pasó esta maricada.
A nadie comunica su sentencia y hasta el momento nadie se ha percatado del tema. A la que le pregunta por su salida a comunicaciones le responde con un escueto, “abogado” y poco más. En su destino de biblioteca tampoco se despacha con la noticia y solo cuando esa tarde pasa a visitar a su compi de travesuras, la economatera, la pone en antecedentes.
-Joder, tronca, enhorabuena, esa si que es una noticia de a buten, joder, joder. ¿Ya has hablado con tu abogado? –exclama la del destino.
-No, ahorita cuando entre en el módulo lo llamo. Y por favor, no le diga esta vaina a nadie. Solo lo sabe usted y esta noche se lo contaré a Cesárea –responde Elisabeth María, -aunque usted y yo tenemos mucho que hablar. Ya sabe lo que dicen, que cuando te llega la sentencia, cunda a otra cárcel.
-Pues sí, seguro que se la llevan en breves, así que tenemos que ver como se va a quedar este embolau… Pero tronca, ya garlaremos mañana, que hoy es su día y tiene que descansar –remata la economatera.
Cuando entra al módulo y antes de la cena, pide la vez para el teléfono. Por fin le toca el turno y llama a Fernando a su movil.