A los pocos días, los sancionados van abandonando el chopano por goteo: cada cual a módulos diferentes. Y el Sebas, por esas casualidades que tiene la vida, da con sus huesecillos en el módulo 6, donde una comitiva lo espera con una gran frotada de manos. El Ambrosio termina rebotado en el módulo 2, el de los ruinas, el de los duros, el de los kies. Y el que fuera kie en su módulo, se acojona cuando le comunican su traslado; sabe de sobra que a ese lugar no llegan ni los violetas, ni los pedófilos, ni los pederastas. Tendrá que entrar demostrando que los tiene bien puestos, y ni con esas su integridad física estará a salvo.
El Sebas llega a los cuatro días con la cabeza gacha al módulo 6. Muchos compis que lo conocen de actividades fuera del patio lo saludan. Dos de ellos se pegan al Sebas y comienzan a patiear en redondo junto a él. En cada ocasión que pasan frente a la esquina del economato, el Sebas se encuentra con las miradas inquisitivas de diez ojos, dos de los cuales lo taladran hasta sentir la punzada en la médula espinal: son los ojos del Filetes. A la duodécima vuelta, y no pudiendo resistir el oteo continuo del grupo esquinero, se disculpa con sus dos compis y se acerca al Filetes.
-¿Qué os pasa troncos que tanto me miráis? –pregunta negociador.
El quintento lo observa, sonríe y calla. Al instante, el Filetes toma la palabra.
-Tú sabrás, compi. Ya no estás en tu patio, ni eres machaca del Ambrosio, el que te cubre. Y creo que por ahí tienes un marrón. Así que tú verás como lo solucionas…
El Sebas baja la mirada y comienza a hacer círculos con los pies. Después se dirige al Filetes.
-Vale, si esperáis al jueves, apoquino el marrón. ¿A quién se lo suelto? –responde más relajado.
-Al economatero, a ese. Hasta el jueves; después…, ya sabes, chachi –interviene el Filetes señalando con la mirada la ventanuca del economato.