Esta noche he llorado por mi abuela, y por la vieja, mi madre. A mi abuela Ramona la quería como si fuera mi propia madre, ya que de crio pase largas temporadas en su casa. Era paciente y cariñosa con mis hermanos y conmigo, y siempre nos daba consejos útiles, de los cuales algunos me sirvieron, y otros, parece que no.
Pero pensar desde mi cautividad que no la volveré a ver, a sentir, a cruzar palabra con ella, me entristece. Y anoche, de madrugada, me desperté soñando con ella, la yaya; por ello lloré. Después apareció mi madre en mitad de los pensamientos, y el solo imaginar que también se pudiera ir, aumentó mi congoja. Recordé la última visión que tuve de ella, mientras ayer salía de la cabina con los hombros caídos, sollozando y con apenas fuerzas, y mis lágrimas empaparon la almohada, pero el Edu no se coscó de nada.
Esta mañana me llama la trabajadora socialal despacho. Es el mismo que utiliza el educador, y el que utilizan todos para las entrevistas. Me da el pésame, y me hace rellenarle una instancia donde solicito un permiso extraordinario para acudir al funeral de mi abuela. Me promete que lo van a estudiar y que van a hacer lo posible por concedérmelo.
En el patio, los compis me preguntan sobre la comunicación de ayer y la visita de la trabajadora social, y no me queda más remedio que contarles el tema de mi abuela. Me dan el pésame, pero eso no me reconforta. Me jode, que en este puto hueco no pueda tener uno intimidad ni secretos. Todos saben lo de todos, y si no lo saben, lo averiguan, y si no, lo inventan, pero todo el patio ha de estar al tanto de la vida y milagros de cada cual; vaya portería de mierda.
Espero ansioso la respuesta de la junta, pero ya me han comentado los compis, que siendo preventivo y por el cargo que se me imputa, va a ser complicado que me lo den, y si lo hacen, me envían esposado y con escolta policial, y así no voy ni de coña. Menudo marrón para mi familia.