La comunicación del sábado fue de nuevo una poesía. Me hubiera gustado estar con Ana a solas. Pero no, mi madre también deseaba verme. Pobre vieja; lo que lloró. Y lo que lloramos todos. Nunca pensé que fuera de lágrima fácil, pero la tensión, el lugar, el aislamiento, me provocan desazón; y eso se convierte en una necesidad de volcarlo de alguna manera. En este caso, el lloro. Les he dicho lo de los vis a vis, aunque hasta mediado o finales de abril, nada. Los he solicitado tarde y ya no pillo mes.
Bach me ha preguntado sobre la visita del abogado. Menudo cabrón, se ha enterado al vuelo. Le he dicho que nada, que nada nuevo sabemos; el secreto de sumario lo impide. No sospecha. Piensa que mantengo el contacto con el proveedor. Y yo, ni que sí ni que no; que me de tiempo, insisto.
Nos llaman a polideportivo. Me acerco acechante junto al resto. El funcionario, lista en mano, va voceando nombres. Algunos pasan, otros no están apuntados y se piran. Doy el mío. Pase, dice sorpresivamente. Bueno, el fistro del educador me ha apuntado en actividades. A ver que otra sorpresa me depara.
Salimos por el camino que conduce al resto de los módulos. Es el mismo que recorrí hace dos semanas cuando arribé. Pero en la ocasión anterior no me fije ni en la hierba, ni en los arbolillos, aunque sí en la gran torre que todo lo ve y coordina. Claro, hoy termina la primera semana de primavera, hace un sol espléndido, los árboles del camino están en flor, y yo, sin percatarme hasta ahora. Pero el salir del módulo a realizar una actividad me anima. Olvido por un rato.
Casualmente y cuando entramos, salen las chicas del módulo 13. Buff, no hay mucho donde rascar, pienso. Un momento, un momento, ahí hay dos que nos están de mal ver. La una mira, la otra pasa de mí como de mi culo. Pregunto a Bach quienes son.
-Esa es una etarra. La otra, ni zorra, pero lo averiguo.