Amanezco con dolor de cabeza, debilidad en el cuerpo y las narices taponadas. Preveo gripe a la vista.
Pero cuando trato de bajar de la litera -siempre que puedo escojo la de arriba por la amplitud de miras hacia el exterior- siento que el cuerpo no responde, que me cuesta mantener el equilibrio. Pero ya conozco la cantinela en estas casas: aunque te encuentres de puta pena, nadie puede quedarse en celda a no ser que tenga una autorización expresa para ello.
El inglesito me mira con cara de lelo y me pregunta si me encuentro bien. Le respondo:
-Sí, man, de puta madre, ¿no lo ves?
Y ahí se queda mirándome, sin abrir el pico. No es que sea tolai, al contrario, es inteligente, pero le pierde ser un pedante soplapollas.
-Don Eusebio, me encuentro de pena. Creo que tengo un gripazo de miedo y no me sostengo. ¿Puedo quedarme en el chabolo?
-Guerrero, ya sabe, con orden médica, así que vaya a enfermería y que lo remplacen en el office –responde y se aleja de la ventanilla.
Lo imaginaba. A no ser que te estés muriendo, has de bajar, y aunque estés con un pie en el otro barrio, has de pasar el trámite de enfermería, es decir, que vas ahí, te tratan como un perro, te entregan unas pastillitas, ala, y que te den.
Hablo con Jesús para que me sustituyan y me piro, deslizándome como una oruga a través de los senderos y pasillos hasta la enfermería. Hoy tengo la potra de no encontrarme a nadie en la salita de espera. Me hacen pasar y me encuentro de nuevo, después de varios meses, con la bruja, con esa doctora mal follada. Y hoy no estoy para tonterías. Me pregunta, le respondo, le pido la baja y me entrega unos Iburoprofenos. Me dice, que de baja nones.
Al salir, le suelto de lado y en voz baja, ¡que te la pique un pollo!