Hoy comienza mi tercer fin de semana en el talego. Mañana comunico con Ana y mi madre por cristales. Ayer, en los cinco minutos de llamada, decidimos que no traigan por el momento al crío a comunicar. Tiene cinco años y ya cuestiona todo, pregunta con curiosidad, y aún no estamos preparados para dar respuestas. Quizás más adelante. Cuando sepamos cómo se desarrolla la instrucción e intuyamos los años que me puedan caer. Antes no.
Me estoy tomando un café con el Lejía cuando me llaman a comunicar. Me enderezo como un resorte y voy a la pecera. Abogado, me gritan desde el otro lado del cristal. Me autorizan y salgo.
Por fin se ha dignado acercarse este cabrón. Lo conozco desde hace quince años, aunque nunca en el plano profesional. Cuando entro en la cabina, me sonríe desde el otro lado del vidrio.
-Buenos días, Javier, ¿cómo lo llevas? –pregunta con tono jocoso.
-Joder, cómo crees. Ya iba siendo hora que vinieras, cachondo. Que desde el día que nos encontramos ante el juez, no te he visto el pelo.
-Sí, pero he estado reunido unas cuantas veces con Ana y con tu madre, y ya las he puesto en antecedentes. Además. Estoy pendiente del juzgado que lleva tu caso.
Seguimos hablando. Me comenta que el tema pinta mal. Han decretado el secreto del sumario, por lo que no hay manera de enterarse del estado de la instrucción. Tienen la droga decomisada, grabaciones de las llamadas realizadas entre Héctor y yo, y por algunas filtraciones se ha enterado, de que han detenido a todo el combo de la Oficina de Héctor, menos a éste. Ahora falta esperar el análisis de la pureza de la coca y que levanten el secreto del sumario.
Poco más me comenta. Me dice que me tranquilice, que él estará encima de todo, y que por el momento, mi familia se encuentra bien.
Se marcha con una sonrisa. No creo que deba tranquilizarme. Vuelvo a mi módulo cabizbajo, acojonado por el futuro. Tengo claro que el kie no ha de saber nada de esto; perdería el interés por mí.