El sábado y el domingo, un coñazo. No ha pasado nada y nos hemos muerto del asco en la puta celda. No hemos salido ni para mear, para eso tenemos el tigre. No nos sacan; pasan de nosotros.
Esta mañana de lunes me sitúo. Bueno, eso creo, aunque nada más lejos de la realidad. Lo que si es verdad, que esta mañana va a ser mi primera jornada taleguera real.
Me despiertan de mi inconsciencia, que no sueño, a las ocho, para el famoso recuento. Aún recuerdo el primero que tuve el sábado: me bajé de la litera, me repeiné a toda hostia y me cuadré. Como dormí vestido, no tuve que adecentarme. Mi compañero efímero se descojonó.
-Jua, jua, jua, compi, no seas pardillo. Aquí el recuento se hace tumbau y sacando la mano o la pata –terminó de indicarme.
Algo nuevo aprendí; desde ese primer recuento, no me levanto. El menda me ha puesto al tanto de todo desde la experiencia. Es camello, como yo, pero de poca monta y de caballo. Conoce esto.
A las nueve abren la puerta. Un funcionario enguantado y con los brazos en jarras controla al interno que nos escancia el café, el pan y la margarina. Vuelven a chapar.
A eso de las once, abren y nos llevan a las entrevistas con el educador, con la trabajadora social y con el médico; me preguntan de todo, hasta de los polvos que eché con mi parienta. Y el médico me ausculta como si tuviera la carrera de veterinaria. Después, de nuevo al chabolo, pero antes me autorizan una llamada. Llamo a mi mujer. Ambos lloramos. No nos da tiempo a conversar; se corta.
A la una aparecen de nuevo el funcionario mal encarado y el interno del destino. Este nos pasa las bandejas con el papeo y chapan.