Anoche, después de la cena, me encalomaron en la celda de un colombiano. El funcionario leyó mi ficha, me preguntó si fumaba, me miró de arriba abajo y dijo:
-Ala, a la celda 20, la de Caicedo. Los dos os dedicáis a lo mismo, no fumáis y me da que os ducháis, ja, ja, ja -rió el cabrón su propia gilipollez.
Y así subí, me acomodé en la litera de abajo, me desprendí de algo de ropa y, después de echar un vistazo a la tele, me acosté. Apenas nos dirigimos la palabra.
Esta mañana, después del recuento, me meto en la ducha. Por fin me quito la mierda del cuerpo; pero a qué precio, con agua helada. El colombiano, sacando la cabeza de la manta, se ríe.
-Depende del momento, puede encontrar el agua calentica o no. Ah, parcero, cuando baje al patio, acuérdese. Si quiere ver a la familia, tiene que echar instancias para que le autoricen las visitas por cristales y para los vis-vis. También tiene que pedir las facturas de teléfono de las personas a las que vaya a llamar. Y con la tarjeta que le han dado de peculio, compre una tarjeta de teléfono. Y para terminar, apúntese a todos los cursos y actividades que pueda. Eso acá esta bien visto –y dicho esto, vuelve a encamarse y desaparecer debajo de la manta.
Ya en el patio, me dirijo a la pecera y pido varias instancias al funcionario. Después, me coloco en la cola del office y recojo el desayuno. Busco un lugar donde sentarme. No es fácil. Por fin encuentro uno; nadie se opone a que tome asiento, aunque la peña de esta mesa no me mola.
Más tarde me acerco a la mesa de Caicedo para que me indique como rellenar las instancias. Una vez escritas, las entrego al funcionario y salgo a patiear. De inmediato se me pegan dos. Algo querrán. Efectivamente, a las tres vueltas uno me pide que lo invite a un café; el otro quiere un truja. Qué coñazo. La que me espera.