Después de la siesta bajo veloz a pedir la vez del teléfono. Ya se han instalado cuatro mendas en la cola, y otro pegado al auricular. Dos son machacas del Bach. La espera y la vez para el jefe les supone un café y un truja. Además de ello, cada tanto son recompensados con una papelina, pero muy ina, de caballo o farlopa. Pero esos regalos solo los reciben por servicios más que meritorios, me comentó el otro día el kie. Éste me va poniendo al tanto de todo; yo me dejo, pero trato de pedirle lo menos posible. No conozco aún este mundo, pero si el de afuera. Y el que debe a un tiburón, siempre estará a merced de sus fauces.
Mientras me llega el turno, paso a husmear por la pecera. Es lo habitual que todos hacemos cuando bajamos por la tarde, pero solo entre semana: correo y comunicaciones. Dos listas de papel mal cortado presiden el ventanal de la pecera que da a nuestro modulo. Una, con los nombres de los que han recibido correspondencia; la otra, con las comunicaciones.
Paso una rápida mirada. Joder, mi nombre con un “2” detrás, en la de lascartas y también, pero sin número, en la de las comunicaciones. Me vuelvo a poner detrás de dos mendas. Ahora se trata de la puta cola para recoger cartas.
-Funcionario, dos cartas y una comunicación para Guerrero –solicito agachándome para que se me oiga.
Aferro todo con ansiedad. Una es de mi mujer, y la otra…, hostia, de mi amigo de toda la vida, Jesús. Y en la comunicación me informan que me autorizan las comunicaciones por cristales y los vis a vis íntimos y familiares. ¡Qué de a buti!, se me escapa en forma de grito.
Leo la carta de mi mujer y no soporto la presión. Me retiro a la esquina y lloro. Pienso en ella, en mi hijo, en mi vida truncada. Pero por fin los podré ver cara a cara. Trato de evadirme y abro la otra. Me sube el ánimo el cabrón de Jesús con sus gilipolleces.