Ayer el personal se quedó algo tocado con la puesta en libertad del Lejía. Y no porque no se la deseáramos, sino por el hecho de que él salía y nosotros permanecemos. Claro que se lo merece más que nadie, para ello lleva toda su puta vida entalegado, pero eso no quita que nos diera un yu-yu.
Hoy, mientras paseamos por el patio -no tengo ni zorra después de cuántos kilómetros, quizás diez, veinte, quién sabe-, escucho un rugido de turbinas, a lo lejos, casi perdido. Ralentizo mi caminar y me pego a la pared; los demás continúan.
Alzo la vista y en la distancia observo un avión surcar el cielo, quizá un Airbus o un Boeing, dejando la característica estela blanca. Pienso en mi familia, en mis amigos, en los recuerdos de mis innumerables viajes aéreos, de la escasa importancia que le daba al momento, mientras cruzaba los continentes, los océanos, las selvas…
Sin embargo, ahora me encuentro aquí, encerrado en este puto patio, entre cuatro paredes y anhelando aferrarme a ese vuelo, a ese pájaro volante, para que me saque de este infame agujero, de este cubo desde donde solo veo el cielo, solo capto el cielo desde un cubo…
Unas lágrimas surcan mi mejilla. Miró a mi alrededor por si hubiera moros en la costa, alguna perra observándome llorar. Qué anhelo de libertad me ha traído a la memoria el Lejía, y el ave voladora, aunque sea metálica y ruja, qué anhelos…
Desde ayer la tristeza se apodera de mí. Los acontecimientos, por muy intrascendentes que parezcan ser, crecen como la espuma en estas casas y en nuestras mentes calenturientas, que no tienen más que hacer, que darle vueltas a las cosas más ridículas y esperar alguna noticia que el exterior nos quiera regalar. Sí, regalar, porque eso es lo que buscamos, migajas que nos lleguen de afuera para saborearlas, olerlas, recordarlas, esas migajas que día a día nos caen por goteo y evitan que nos muramos de puro aburrimiento y de falta de sensaciones.