Esta mañana, durante el paseo, suena mi nombre por megafonía. Me acerco a la pecera y me sueltan con voz ronca, ¡abogados!
Salgo escopetado. Entro en comunicaciones, en la cabina de abogadosy… veo la misma jeta desagradable de la pedorra de siempre, la compañera de despacho de mi adorado abogado, de ese que presumiblemente aún se está pasando por la piedra a mi parienta.
-Hola, Javier, ¿cómo estás? –me larga con una falsa sonrisa.
-Buenos días. Como es habitual, mi abogado no ha venido –remarco con sorna.
-Bueno, pues mira, el jefe tenía hoy un juicio en la Audiencia Nacional, y por ello…
-No, no siga –le interrumpo levantando la mano –ya se que nuestro encumbrado letrado anda muy ocupado con todo tipo de temas –termino arrastrando las últimas palabras con ironía.
-Lo que te decía, Juan no ha podido venir, pero me ha enviado para comunicarte que ha hablado con el juez instructor, y… ve posibilidades de que nos apruebe tu libertad provisional en un breve espacio de tiempo. Parece ser, que le ha insinuado que la solicitemos de nuevo en un mes, cuando cumplas el año, y a ver.
Me quedo anonadado cuando escucho sus palabras. Ya no la veo tan pedorra ni tan gilipollas, hasta le encuentro un punto de morbo en su sonrisa. Entonces bajo la vista y le miro las tetas. Un suave escote deja entrever un profundo valle… de penurias para mí, que no puedo acceder a él. Y de repente, mi animal empieza a engordar pensando en el par de peras que tengo delante, y en el polvo que le echaría en plena cabina de abogados.
Ella se percata de mis intenciones, y cambia la sonrisa gil de antes por un rubor carmesí que se apodera de toda su jeta.
-Bueno, eh…, como te decía, eh, ah… perdona, me he perdido, con tanto caso –trata de retomar la conversación de manera tartamuda.
Nos despedimos y regreso elevado en una nube. No me lo creo.