El viernes pasado nos enteramos que habían condenado al juez Garzón. Menudo jolgorio se montó en los patios. La mayoría brindó con birra Sin, algunos permanecieron mudos y otros ni se coscaron con el colocón que llevaban.
Pero pocos analizaron el problema de fondo. En general, la peña se quedó en la superficie, con el hecho de que a un cabrón de juez, además de llamarse Garzón y haber metido a muchos de estos compis en el talego, había sido apartado de la carrera judicial. Pero lo que la mayoría no vio, no quiso ver o no entendió, es que lo han pateado del poder por meter el dedo en el culo a mucha gente heredera del antiguo régimen, a los que incomoda el rollito del levantamiento de cadáveres, de menear la mierda de la Guerra Civil y los tiempos posteriores, de las escuchas a los abogados de la trama Gürtel, en fin, que ha sido la derechona más acérrima, esos que controlan el Consejo General del Poder Judicial y demás estamentos arcaicos, los que se lo han cargado.
A mi particularmente me la suda, ya que no creo ni en derechas ni en izquierdas ni en la madre que los parió, pero muchos de los que brindan sin tener ni flowers, deberían pensar en el motivo real por lo que se han cepillado al magistrado este de los cuyons.
Su problema es que ya tenía mala fama aquí en prisión. Entalegó a mucha gente sin contar con pruebas contundentes, además de instruir los sumarios de puta pena debido a que acaparaba todo, deseaba aparecer en todos los medios informativos y quería ser el juez más guay de todos, y eso se paga. De ahí que el personal se descojone de la risa.
Esta información, como es habitual, me la han soltado los gallegos, que son los más puestos. Llevan años en prisión, entrando y saliendo. Si a eso le sumas que cada uno ronda los cincuenta tacos, la conclusión es que son la Biblia taleguera, el oráculo del patio. Me voy al sobre con una extraña sensación: qué se le pasará a Garzón ahora por la cabeza, una vez ha cruzado ese umbral de…