Llevo dos días sin llamar a Pati. El martes lo hice y me lleve tal reprimenda, que he preferido dejar de hablar estos dos días con el peque a que la otra se vuelva a encabronar. Espero que durante este tiempo se haya calmado.
Por fin la llamo, abonando el terreno para la comunicación del finde, bueno, para que no falle y venga a verme. Lo primero que me suelta es que la han atracado. Se pone a gimotear. Resulta que salió de casa para ir a recoger al niño al cole, y cuando caminaba por la calle, un menda paró el coche a su vera, se abalanzó sobre ella, y a punta de navaja le arrancó el bolso con todas sus pertenencias. Y para más inri, me culpa a mí indirectamente.
-¡Sí, sí, ha sido uno de los tuyos, uno de esos que están contigo en el patio, un delincuente como tú! –termina de reprocharme.
Luego me pasa al niño, pero ya para entonces se me han quitado las ganas de hablar, ni siquiera con mi hijo.
Preveo como será la comunicación de mañana. Menos mal que vendrá con mi madre; así se corta un pelín. No obstante, no estoy ilusionado por verla. En las últimas visitas ha estado insoportable; se queja de todo, aunque con parte de razón: no tiene un duro, los bancos la acosan, los vecinos y amigos la señalan, mi padre pasa de mí y de nuestra situación, su familia le recrimina la elección del marido, no sabe qué hacer con el niño, y para rematar, le atracan y le roban todo. En el fondo me da mucha pena, ya que gran parte de la culpa de su situación me la debe a mí. Y la sigo queriendo con locura, en especial, desde que me encuentro aquí y me percato de lo que he perdido, perdón, de lo que tenía y no apreciaba en su justa medida.
Esta noche llega Edu radiante al chabolo. Le han levantado el parte, al igual que a su chica la prohibición para que lo visite. Podrá, como primera medida, venir a comunicar este sábado junto a la familia del menda. Está exultante. Vuelve a ser el sobrado de antes y preveo que en breve hará alguna otra pifia; lo lleva en sus genes.