Paseo por el patio. De repente veo llegar a un jefe de servicios que se pone a garlar con los funcionarios. Cada vez que merodea uno de estos funcionarios grandes, problema al canto. Hay varios de este tipo en cada prisión, ya que son los que supervisan los módulos y a los funcionarios de éstos.
Yo camino entre el kurdo y Edu, que se ha apuntado hoy a la patieada; cosa rara en él. Entonces veo que el jefe de servicios se acerca y me hace un ademán con la mano. Doy por entendido que desea hablar conmigo en privado. Me abro de ambos y me acerco. Observo como el resto de compañeros están al loro de mi encuentro con el de azul.
Cuando me hallo a su vera, se acerca a mi jeta, y en voz baja me suelta:
-No nos gusta que los internos mantengan relaciones con los presos etarras. Si lo vuelvo a ver con uno de ellos, se me va de conducción. ¿Me ha entendido, Guerrero?
Se me forma un nudo en la garganta. No sé que decir. Antes de aceptar la situación como un borrego, le respondo.
-Pero si nos tienen en el mismo patio, cómo quiere que no hablemos con ellos.
El tío me mira por encima de la montura de sus gafas.
-Le he avisado. Aténgase a las consecuencias –y con estas palabras se dirige de regreso a la pecera.
La peña me sigue observando, y preguntándose qué es lo que querría el jicho mayor conmigo: quizá me estuviera chivando, o pidiéndole algún favor, o que él me estuviera llamando la atención por algo, pero esta es la última conclusión a la que llegan. Siempre piensan lo peor, y después, ya veremos.
Así funcionamos en estas casas: somos unos hijos de la gran puta, mal pensados, maleados, y los que entramos sanos, nos acabamos dañando con tanta suspicacia y mala leche.