Hoy nos han acercado, los dos mendas de lavandería, la ropa lavada. Uno me la ha entregado en una bolsa aparte, dobladita y perfumada. Le he soltado el paquete de trujas.
Pero cuando he salido a patiear, me ha venido al encuentro el Edu. Últimamente no hablamos mucho. Llegamos al chabolo, éste enciende la televisión –con Edu no pago alquiler, ya que la tele era suya y tiene pasta-, si no me gusta el programa, leo y comentamos alguna cosa del día; poco más. Desde que le pillaron con el rollo de las fotos y no tiene vis, está retraído. Por eso me sorprende que se acerque de improviso.
-Oye, tronco, te he visto pasarle una cajetilla de cigarrillos a esos. ¿Tú sabes quienes son? –me comenta de manera incriminatoria.
-Ni flowers. Bueno, sí, los destinos de lavandería. Y les paso los trujas para que me laven la ropa aparte. Y que huela bien –respondo pasando de su comentario.
Entonces, y mientras andamos sin que nadie se nos adhiera para pispar, cosa extraña en estospatios, me cuenta la historia de los pajarracos.
Ambos son violetas. A uno lo van a juzgar en breve, y su abogado, que es un listillo, lo ha convencido para que solicite al tribunal la castración química. Eso, con la idea de que le bajen la condena por cooperación con la justicia. Ya veremos en que queda el tema, aunque por el patio se comenta –y aquí se sabe todo- que le van a decir que nones y que los años le caerán a pares. Éste es uno de ellos, el más joven y poca cosa, característica típica de los violines.
El otro es harina de costal diferente, dice el Edu. Es pederasta -ronda los cuarenta y cinco-,es bajo, gordo y desagradable. Esta condenado a no se sabe cuantas decenas de años, por violar reiteradamente a sus tres hijas de 6, 9 y 12 años durante años, y lo más flipante, con la anuencia de la mujer, que silenciaba el hecho sabiendo. Asco me da.
A partir de hoy, me va a suavizar y perfumar la ropa su puta madre.