¡La he cagado! Me han detenido con las manos en el polvo. Sí, en el polvo, porque eso es con lo que trapicheo y con lo que me han pillao. Han sido los estupas de la central de Hortaleza, esos que forman el equipo del inspector Iñaki.
Llevaban tiempo detrás. Seguían mis pasos como zorrillos, a la espera de que recibiera nueva mercancía. ¡No saben nada los mendas! Cuando vendía las papelas en las discos de moda, ni puto caso. No querían agarrarme con unos gramos de farlopa cortada, no. Estaban al loro del momento en que me entregasen la merca trimestral: tres kilos sin apenas corte e importado directamente de Colombia.
Un tal Héctor, uno que dirige lo que los colombianos denominan la Oficina de Madrid, es mi contacto. Y Héctor confía en mí. Llevamos trabajando así un par de años. Ellos me entregan tres o cuatro kilos, les pago la mitad, y el resto me lo fían. Esa mercancía la tengo enzulada y voy sacándola, cortándola y confeccionando papelinas a medida que los clientes la solicitan. Claro, que algunos realizan pedidos de diez, veinte y hasta cincuenta gramos. A esos les hago un precio especial, y en lugar de llevársela a la discoteca, realizo una entrega a domicilio.
Y todo funcionaba de puta madre durante estos años, hasta esta tarde. Fui a recoger el pedido al parking del Corte Ingles de la Castellana. Pero cuando abrí el maletero del coche que me habían indicado, y ya con la bolsa con los kilos pillada, joder, me cae la pasma. Y de ahí, a los calabozos de la central, donde ahora me encuentro.