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LA BABILLA LLANERA 3

25/8/2010

Cinco todo terrenos se concentraron a las afueras del centro. Roberto, el joven propietario de la finca, organizaba el viaje. Había recibido en herencia muchas propiedades de su progenitor, conocido parlamentario asesinado a tiros a la salida del hemiciclo. Con gran dificultad, la familia se había repuesto de este amargo trago y comenzaba a respirar de nuevo aires de calle; y él, deseaba olvidar.

La caravana de diecinueve personas y cinco vehículos se puso en movimiento a eso de las tres de la madrugada por la principal arteria de Bogotá. Cada vehículo contaba con reservas suficientes de ron bravo de caña, aguardiente peleón y un surtido de bebidas finas para los paladares exquisitos. Ni siquiera los conductores se privaron de empinar el codo durante la travesía. Los parlantes de los equipos musicales trabajaban a todo gas, mientras los ocupantes bamboleaban las ballestas a fuerza de movimiento.

Amanecía débil por el horizonte cuando se adentraron en tierras calientes. 

-Nos encontramos serca del embarcadero del río. Una hora a lo sumo -soltó Roberto a Ana, su copiloto, una de las tantas niñas monas que conformaban el grupo. 

Al cabo del rato, el todo terreno que encabezaba la comitiva frenó frente a un galpón de maderas destartaladas y techo de zinc. Se encontraba orillada al costado de un meandro de un amplio río. Del interior de los vehículos se proyectaban los sonidos y las voces con ecos que se ahogaban en la espesura del bosque circundante.