No pudo continuar con sus elucubraciones. La puerta se abrió de golpe y el jefe entró acompañado de dos guachimanes.
-Le van a dar de desayunar. Solo queríamos ver si seguían bien. Ustedes son nuestro salvoconducto y por eso, las cuidamos. Desayúnensen acá y si necesitan ir al servicio, nos avisan.
Y con esto le dejaron un tazón con tintico y unas arepas, y abandonaron la pieza. A continuación, Paz escuchó como entraban en la habitación de al lado siguiendo la misma premisa que en su caso. Pero no fue así. Un grito de varón redomado rompió los sonidos caseros del día a día.
-Pero..., ¿pero quién carajo ha tocado a esta hembra? A ver, me llaman a esos dos vergajos de Jairo Alfonso y Edgar. ¡Los quiero ver ya!
El resto de ruidos y sonidos varios se desvanecieron del ambiente. Pero qué coño le habrá pasado a Patricia para que este cabrón berree así de desesperado, se preguntó la española, en este momento ya más que preocupada.
Oyó pasos acercarse a la pieza contigua. Por el sonido del taconeo percibió lo impreciso del caminar de los que se llegaban, más bien, titubeante.
-Díganme, maricos, ¿qué le ha pasado a esta hembra? Se las dejé enteritas y mire como está esta. ¡Díganme, gonorreas, sean varones y frenteen el problema –gritó en la distancia el supuesto jefe.
-Pues…, pues…, miré, es que la güevona…, es que entramos a la pieza porque esta vergaja nos llamaba…, y entonces, trató de volarse…, y eso…, que cuando la agarramos, nos patió y entonces le dimos una trompada para que no jodiera y… -Jairo Alfonso no terminó.