-No, jefecito, no por favor, no me quiebre. Yo le cuento, le cuento todo por mi virgencita, María Auxiliadora, se lo juro, patroncito. Pues sí, entramos en la pieza para culiarnosla, pero a mi me dio una patiadadel carajo y entonces Jairo Alfonso le dio una trompada y le jodió la nariz. Y después…, pues sí, nos la culiamos, pero ya estaba dormidita y no se enteró. Qué pena con usted…
-Ni pena ni mierda. Le dije que el Patrón no quería que le pusieran un dedico encima…, y desobedecieron. Ya sabe como se paga esa vaina acá, ¿verdad, mijo? –amenazó el jefe enarbolando la Smith & Wesson con el fin de amedrentar más si cabe al ya de por si amedrentado y cagado Edgar.
Se produjo el silencio. Dos curvas más y llegaron a un rellano en el camino. Parquearon. Todos se apearon del vehículo y el jefe se acercó a Edgar y lo abrazó mientras se aproximaban al reborde de esa terraza natural desde donde se divisaba el cortado que caía hasta el valle en el que se situaba la ciudad.
-Ay, Edgar, mijito, qué güevón, qué güevón se me volvió. Con lo bacano que le iba en la organización –le dijo mientras lo acercaba abrazado a la misma orilla del rellano.